Sobrevivir no es lo mismo que vivir: Manual para no perderse en el ruido

Queridos jóvenes,

Sé que el mundo de hoy parece moverse a una velocidad que no nos deja tiempo para respirar, y mucho menos para pensar en cosas «profundas».

Entre el ruido de las redes sociales y la presión por tener éxito, a veces se siente como si los valores fueran piezas de museo, bonitas pero mejor observarlas que vivirlas, a veces hasta como cosas antiguas las vemos.

Especialmente para quienes viven realidades tan duras como la de Venezuela, donde el día a día se convierte en una lucha por sobrevivir, es fácil caer en la trampa de pensar que «ser buena persona» es un lujo que no podemos permitirnos o que la honestidad es para los tontos. Pero hoy quiero hablarles de algo que llevan dentro y que es la prueba de que su vida tiene un propósito inmenso.

Existe en cada uno de nosotros esa conciencia de la obligación y la responsabilidad que sentimos antes de tomar una decisión. Te pasa no? Seguramente han notado que juzgamos de forma distinta si alguien es un «buen conductor» o si tiene una «buena voz» que si alguien es «leal» o «valiente». Lo primero son talentos naturales de los que no somos responsables directos, pero lo segundo nos afecta como personas, en nuestra esencia más pura de lo que significa ser humano.

A veces, cuando las cosas se ponen difíciles, intentamos convencernos de que no teníamos otra opción que actuar mal, buscando excusas para calmar la mente. Pero la verdad es que nuestra conciencia es insobornable. En el fondo, sabemos cuándo nuestra actuación no ha sido correcta. Ese «saber originario» sobre lo que debemos hacer es lo que llamamos conciencia moral.

Esto nos lleva a una verdad poderosa: somos libres.

El hecho de que sintamos que «deberíamos» haber actuado de otra forma es la prueba de que somos dueños de nuestras acciones. Incluso en contextos donde la libertad parece limitada por la economía o la política, seguimos teniendo esa capacidad de autodeterminación. La responsabilidad moral solo existe porque existe la libertad.


Hay una diferencia fundamental que debemos entender hoy: los valores morales no son sugerencias. No son como decir «si quiero este trabajo, debo estudiar», lo cual es una exigencia condicionada o hipotética. La moralidad es una exigencia absoluta o categórica. No es «seré honesto si me conviene», sino que «debo ser honesto» porque la dignidad humana lo exige incondicionalmente.

Aunque veamos que en el mundo las reglas parecen cambiar según la época, hay un mandato que siempre ha sido obligatorio: hacer el bien y evitar el mal.

Esta «voz» que escuchamos en nuestro interior no es un invento de la sociedad o de la educación. Si fuera solo algo social, nunca habría personas valientes que se rebelan contra las injusticias de su propio entorno para buscar la verdad. Esa llamada que percibimos viene desde lo más profundo de nuestra persona.

Lo más esperanzador de esto es que esa obligación moral no es una carga pesada que nos quita la libertad, sino que es «la necesidad propia de la libertad». Al seguir esa voz, nos estamos siendo fieles a nosotros mismos y a nuestra naturaleza racional. Pero como no somos nosotros mismos quienes inventamos qué es lo bueno y qué es lo malo a nuestro antojo, esa incondicionalidad nos señala algo más grande.

Esa llamada constante a actuar con integridad es, en definitiva, un diálogo. Solo una persona puede dirigirse a otra de esa manera tan íntima.

Por eso, esa misteriosa realidad que nos invita a ser mejores, que nos ata en lo más íntimo pero sin destruir nuestra libertad, es lo que llamamos Dios.

Jóvenes, en un mundo que a veces parece haber perdido el norte, su integridad personal es la luz más brillante que pueden encender. Esa voz que les pide ser justos, solidarios y honestos, incluso cuando nadie mira y especialmente cuando es difícil, es la prueba de que no están solos. Es la invitación de un Dios que confía en su libertad para construir algo nuevo. No se rindan ante la idea de que todo está perdido; mientras esa voz siga hablando en su interior, hay un camino de esperanza y un fundamento sólido para sus vidas.

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