La caridad como protagonista: Una lectura scalabriniana ante la tragedia de Venezuela

El luto nacional que hoy embarga a Venezuela tras el terremoto nos confronta con el misterio del sufrimiento humano y el llamado a la comunión eclesial. En estos momentos de profunda prueba, la mirada de la fe no puede ser esquiva ni superficial; debe adentrarse en las llagas de nuestro pueblo, tanto del que habita el territorio nacional como del que padece la migración en las periferias del mundo.
Para muchos migrantes venezolanos, la catástrofe en su patria natal representa una prueba espiritual de alta densidad: desear estar presente para sostener a sus familias, al anciano solo, para consolar al hermano herido, y verse impedido por las fronteras y las distancias. Es allí, en el silencio de las telecomunicaciones interrumpidas y en el peso de tener que continuar la vida en tierras extrañas, donde la oración se transforma en el primer y más real punto de encuentro. Como nos recuerda la herencia espiritual de la Iglesia, la oración del migrante es un clamor que atraviesa los océanos y sostiene los brazos de quienes trabajan en la primera línea de auxilio.
Esta emergencia ha puesto de manifiesto un milagro pastoral contemporáneo: La caridad universal. La entrega heroica de rescatistas de diversas naciones, dispuestos a arriesgar su integridad por salvar vidas venezolanas, es el reflejo vivo del Buen Samaritano que no pregunta la nacionalidad de quien yace herido al borde del camino. Asimismo, la respuesta de las comunidades católicas y de la diáspora en el extranjero evidencia que la Iglesia es un solo cuerpo: si un miembro sufre, todos los miembros sufrimos con él.
San Juan Bautista Scalabrini, el gran apóstol de los migrantes, cuando le tocó afrontar el terremoto de Casamicciola 1883 y en ese momento sostenía con firmeza la posición de que la caridad cristiana, efectiva y ordenada, posee una fuerza intrínseca capaz de vencer y superar cualquier barrera ideológica.
En la urgencia del socorro, no hay espacio para divisiones humanas, ni institucionales ni de cualquier tipo. Hoy, tanto en Venezuela como en las redes de acogida internacionales, la caridad es la única protagonista. Una verdadera caridad despojada de discursos vacíos, encarnada en la ayuda mutua, que ayudará en la reconstrucción del país a largo plazo porque estamos “anclados en la esperanza”, con la certeza de que esta “Esperanza no defrauda” porque el amor de Dios es el único cimiento que ningún terremoto podrá jamás derrumbar.



