Los pichirres no entran al cielo

Esa frase se la escuché al padre Miguel esta mañana y me causó gracia por el modo en que la dijo, pero me hizo pensar en cómo a veces somos pichirres con los demás y hasta con nosotros mismos.

Imagina que estás en una reunión de amigos, arman una «vaca» para comprar unas pizzas, y dice uno de ellos: «No, yo no tengo hambre»

Pero después, cuando llega la comida, es el primero que se sirve, agarra dos pedazos de pizza y se toma el refresco como si viniera saliendo del desierto. Después, cuando se quieren ir todos a sus casas y quieren pedir un taxi entre varios, se pierde sospechosamente, se va al baño o no le abre el Pago Móvil.

En Venezuela a esa actitud le tenemos nombre: ser pichirre

El pichirre no es el que cuida el dinero porque la situación está ruda y hay que estirar la quincena, eso es ser consciente.

El pichirre de verdad sufre cuando da. Es el que compra una caja de donas, se la come a escondidas para no brindar, calcula el pago exacto de un delivery para no dejar propina. Su filosofía de vida es el miedo a quedarse limpio, como si la vida se tratara de acumular y gastar lo de los demás y nunca lo propio.

Hoy es 13 de junio, día de San Antonio de Padua. En nuestras iglesias hay una tradición muy bonita que es la bendición del Pan de San Antonio. La gente va, busca su pancito y lo comparte.

El pan de San Antonio es un reclamo directo a nuestra pichirrada.

San Antonio no multiplicaba el pan para que la gente lo guardara y acumulara, lo hacía para que la gente se sentara a la mesa y lo compartiera con el que no tenía nada en el estómago.

Eso nos recordaría San Antonio si caminara entre nosotros en estos días.

El pan no se hizo para acapararlo, se hizo para compartirlo.

Por eso, podemos afirmar coloquialmente como dice el padre Miguel que los pichirres no entran al cielo. Y no porque Dios les cierre la puerta con llave, sino porque con el corazón encogido no se puede cruzar la entrada. El cielo es pura generosidad, es un derroche de amor.

¿Cómo va a encajar ahí alguien que vive con el bolsillo y el alma cerrados con candado?

Lo que no sabe el pichirre (o quizás sí) es que esa tacañería material se le pasa rapidito a la vida interior. El que es pichirre con los bienes materiales, termina siendo pichirre con todo lo demás. Le pichirrea un «te quiero» a la novia para no verse vulnerable, le pichirrea un abrazo a la mamá porque «qué fastidio», le pichirrea el perdón al amigo que se equivocó y, por supuesto, le pichirrea diez minutos de oración a Dios porque «está muy ocupado».

Nos acostumbramos a dar las sobras. El tiempo que nos sobra, el billete de 20 bolívares porque imagínate, si soy el de 100 me quedo sin pasaje, el cariño que no nos cuesta y así sucesivamente.

Dios no es pichirre con nosotros. No nos da la Gracia con cuentagotas ni nos saca una factura los domingos por los milagros de la semana. Se nos da completo.

Hoy, cuando veas algo referente a San Antonio, para un momento y pregúntate: ¿en qué área de mi vida estoy siendo pichirre?

Al final del camino, nadie se lleva nada en la urna. Lo único que nos salva de la ansiedad de perderlo todo es aprender a abrir las manos y confiar en que, cuando compartes el pan, siempre alcanza para todos.

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