El Silencio de Jesús: Desarmar la palabra para reconstruir la paz en Venezuela

En un mundo saturado de ruidos, donde la inmediatez de las redes sociales y las noticias, los problemas económicos y política parecen dictar el ritmo de nuestro corazón, el silencio de Jesús ante sus acusadores emerge no solo como un modelo de santidad, sino como una estrategia revolucionaria de paz. Como cristianos, a menudo sentimos la urgencia de responder, de defender nuestra parcela de verdad o de sucumbir al «chisme» y la descalificación del que piensa distinto. Sin embargo, la Semana Santa nos invita a una ascesis distinta: la del silencio que construye y la palabra que sana.
El silencio que desarma la soberbia
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». Él respondió: «Tú lo dices». Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. Mateo 27, 11-15
El Evangelio nos presenta a un Jesús que, ante el tribunal de Pilato y los insultos de quienes pedían su crucifixión, optó por un silencio profundo y desconcertante. No fue un silencio de cobardía, sino de soberanía espiritual. Como bien señala la reflexión teológica sobre el silencio de Jesús, este no buscó el insulto ni el contraataque. Al quedarse callado, Jesús desarmó la lógica del odio. El silencio de Cristo es una respuesta que obliga al otro a mirarse a sí mismo, retirando el combustible que alimenta la hoguera de la violencia verbal.
En nuestro contexto venezolano, este «desarmar la palabra» se vuelve una urgencia pastoral. La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), en su reciente Exhortación Pastoral de la CXXV Asamblea Ordinaria, nos recuerda que para alcanzar la paz es «imprescindible evitar la violencia, desterrar la mentira, el odio, los rencores, la venganza y la guerra de las palabras». Cuando participamos del chisme político o de la difamación, estamos alimentando esa «tempestad» que agita las aguas de nuestra patria.
La política y el lenguaje: De la confrontación al encuentro
El Papa León XIV, en su mensaje para esta Cuaresma, ha hecho un llamado importante a «desarmar el lenguaje». No se trata de callar ante la injusticia, sino de purificar la forma en que nos comunicamos. El Santo Padre insiste en que el bien del pueblo debe prevalecer sobre cualquier consideración ideológica o partidista. En Venezuela, la vida ha estado marcada por un empobrecimiento generalizado y una crisis que ha fracturado el tejido social. Ante esto, la respuesta no puede ser más odio, sino lo que la CEV denomina «procesos de reencuentro, reconocimiento mutuo y purificación de la memoria».
La política, entendida como la forma más alta de caridad, debe abandonar la «maledicencia» para enfocarse en el «clamor de los más necesitados». Los obispos son enfáticos: la reconstrucción del país no vendrá de «héroes» aislados, sino de personas libres y responsables capaces de convivir dignamente. Esto implica que nuestra palabra debe ser usada para proponer soluciones —como la independencia de poderes o la atención a los presos políticos— y no para profundizar la fosa que nos separa.
Deponer las armas del corazón
«¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!», clamaba el Papa en una reciente homilía de Domingo de Ramos. Este grito resuena con especial fuerza en nuestras comunidades indígenas marginadas, en nuestras familias separadas por la migración y en los jóvenes que ven truncados sus sueños. La verdadera arma que debemos entregar no es solo la física, sino la palabra hiriente que usamos como proyectil en las discusiones cotidianas.
La Iglesia en Venezuela se compromete a que sus parroquias y centros sean «espacios de encuentro, escucha y acompañamiento». Como laicos, nuestro deber es transformar cada conversación en una oportunidad de «sanar la herida». El silencio de Jesús nos enseña que hay momentos donde la mejor forma de defender la verdad es encarnándola en la mansedumbre, dejando que sea nuestra coherencia de vida la que hable.
Una invitación a la aurora
San Juan Pablo II nos recordaba hace tres décadas que estamos llamados a ser «la aurora de una nueva Venezuela». Esa luz no despuntará si seguimos anclados en la oscuridad del chisme y la confrontación estéril. La justicia de Dios, como dice el profeta Isaías, brillará cuando desterremos de nosotros «el gesto amenazador y la maledicencia».
Hoy, te invitamos a preguntarte: ¿Mis palabras construyen puentes o levantan muros? ¿Soy capaz de callar para escuchar el dolor de mi hermano, o mi ruido interno me impide ver su necesidad? Que en esta Semana Santa, bajo la intercesión de la Virgen de Coromoto y el ejemplo de San José Gregorio Hernández, aprendamos a usar el silencio como un arma de paz y la palabra como un bálsamo de esperanza. Solo así, desarmando el lenguaje, permitiremos que «despunte nuestra luz como la aurora».
